Capítulo 3. Un hilo invisible

Publicado el 10 de octubre de 2025, 9:21

La rutina se repitió como un eco que empezaba a resultarme familiar. Los alumnos llegaban, se cambiaban los zapatos y, mientras tanto, yo emprendía mi pequeño recorrido hacia donde él solía estar para pedirle las herramientas. Había en ese gesto una costumbre que apenas estaba naciendo, pero que ya me parecía necesaria, como si mi día no empezara del todo hasta escuchar su voz y ver su risa.

Las tareas eran las mismas: barrer hojas, quitar hierbas, limpiar los caminos. Pero dentro de mí algo había cambiado. Cada mañana, al despertar, su imagen acudía sin ser llamada. Era un pensamiento suave, casi imperceptible, que se colaba entre los primeros minutos del día. Me daba alegría imaginar que volvería a verlo, que caminaría por el parque hasta encontrarlo, que él me recibiría con esa sonrisa que parecía encenderle la mirada. No entendía por qué, pero aquella expectativa se había vuelto mi forma secreta de empezar la mañana.

De manera inconsciente, lo buscaba entre los árboles. A veces, mientras los alumnos trabajaban, mis ojos se desviaban del camino y recorrían el parque hasta encontrar su figura entre el verde. Bastaba verlo a lo lejos, inclinado sobre una herramienta o bromeando con alguien, para que una calma extraña me llenara. Era como si el simple hecho de saber que estaba allí le diera sentido a la rutina, como si su presencia marcara el ritmo invisible del día.

Había algo en su forma de moverse, en su naturalidad. No era un hombre que pasara desapercibido. Al contrario, parecía llenar el parque con su energía. Saludaba a todo el mundo, con esa voz que se imponía entre los árboles como un eco alegre: un simple “¡buenos días!” retumbaba hasta las esquinas más lejanas. Era inquieto, nervioso a veces, como si llevara dentro un motor que no se detenía nunca, pero también era incansable, de esos hombres que no se esconden del trabajo, que se mueven sin descanso y aún les queda espacio para la risa. Su presencia daba vida al lugar, lo hacía más luminoso, más despierto. Cuando él estaba, el parque parecía distinto: más suyo, más vivo.

Un día, al terminar la jornada, el encargado —que esa vez estaba en el parque— nos dijo que debíamos apuntar el número del jardinero, ya que sería él quien nos atendería a diario y a quien podríamos llamar si necesitábamos algo. No lo pensé. Fue un impulso, casi un reflejo.

—Yo misma —dije, con naturalidad, aunque mi voz sonó más viva de lo que esperaba.

Le di mi número, el que empezaba por seises, y él, con esa gracia espontánea que parecía acompañarlo siempre, bromeó:

—Uhh, el número del demonio.

—Lleva cuidado cuando me llames —respondí entre risas.

Se rió, me miró un segundo más de lo necesario, y me dio un toque. Su número quedó guardado en mi teléfono, como si un hilo invisible se hubiera tendido entre los dos. Fue un gesto pequeño, casi insignificante, pero dentro de mí algo se encendió. Una chispa leve, tibia, la sensación de que algo empezaba a escribirnos, sin que nosotros lo supiéramos.

Como cada día, me despedí con una sonrisa y un “hasta mañana”. Pero aquella vez, su mirada me siguió mientras me alejaba. Sentí que había algo distinto en el aire, una corriente sutil que ya no permitiría que nada volviera a ser igual.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios

Crea tu propia página web con Webador