Capítulo 2. Un eco en mí

Publicado el 7 de octubre de 2025, 7:36

El primer día había sido solo una toma de contacto. Más allá de aquel comentario fugaz al principio de la mañana, no hubo palabras entre nosotros. Nos dedicamos a lo que había que hacer: conseguir la ropa de la talla correcta para los alumnos, esta vez con el encargado, al que por fin conocimos.

Él se movía por el parque con la naturalidad de quien no se espera nada extraordinario, y aun así cada vez que lo veía me llegaba una curiosidad silenciosa. Era imposible no fijarse en la manera en que ocupaba el espacio: pasos medidos, gestos sencillos, mirada tranquila. Me fui con la certeza de que volveríamos al día siguiente, como si aquel parque guardara algo para nosotros.

El encargado nos indicó que empezáramos a las diez, justo cuando los trabajadores terminaban su hora de desayuno. Llegamos puntuales, con los alumnos ajustándose las zapatillas y los nervios todavía suaves, apenas un murmullo en la piel. Busqué a alguien del equipo. Fácil de reconocer, con su traje amarillo, allí estaba él, junto al borde del macizo de césped, observado mi llegada con una sonrisa entre serena y atrevida, de esas que parecen esconder un pensamiento que nunca se dice en voz alta.

—¿Nos podrías abrir la caseta para darnos la escoba y el recogedor? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque sentía cómo algo en mí empezaba a fijarse en él, a observar cada gesto con más detalle de lo habitual.

Caminamos juntos hasta la caseta. Nos abrió la puerta, nos entregó las herramientas y nos dio indicaciones precisas: que los alumnos empezaran a barrer poco a poco, con calma, en la zona de sombra, sin prisa.

Lo observé mientras se movía, y me llamó la atención la gracia de su andar, la naturalidad con que hablaba, la facilidad de su presencia. Se veía buen hombre, sin artificios, y cada gesto suyo parecía guardar un eco que nadie más percibiría.

La mañana avanzó entre escobas, risas discretas y pequeñas instrucciones. De vez en cuando se acercaba a lanzar alguna broma, y yo lo miraba de reojo, riéndome en silencio, disfrutando de la ligereza de esos momentos que parecían no significar nada… y que, al mismo tiempo, contenían todo.

Al terminar, volvió a abrirnos la caseta para dejar las herramientas. Antes de marcharme, lo miré y dije, ligera:

—Mañana más.

Y su sonrisa me siguió mientras me alejaba, dejándome con la sensación de que aquel lugar y aquella rutina, sencillos y sin importancia aparente, empezaban a guardar algo que aún no sabía nombrar.


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