Capítulo 1. Nunca imaginé a dónde nos iba a llevar esa frase

Publicado el 3 de octubre de 2025, 17:21

Aquella mañana, el aire traía consigo una mezcla de nervios y expectativa. Era el primer día de prácticas para los alumnos de jardinería, y aunque el entorno era conocido, todo lo demás era incierto. No teníamos instrucciones claras. Ni un nombre. Ni un número de teléfono al que acudir si algo fallaba. Sólo intuiciones y una hora fijada.

Llegamos al parque con la puntualidad que da el miedo a no estar a la altura. Pero el lugar estaba en silencio. Demasiado silencio.
Ni rastro del encargado, ni señales de los trabajadores. Sólo los bancos vacíos, el verde intacto, y ese tipo de espera que empieza a parecerte un error.

Consulté a dos hombres que iban en un camión, aunque no parecía que fueran parte del equipo. Me lo confirmaron enseguida: no trabajaban en esa zona. Me sugirieron que esperáramos a los verdaderos responsables, que seguramente estarían en su hora de desayuno.

Y entonces entendí: habíamos llegado en el momento exacto… en ese tipo de exactitud que parece equivocada, pero es necesaria.

No lo supe entonces, pero cada pequeño detalle de esa escena —mi impaciencia, la pausa de los jardineros, el camión equivocado— estaba alineado como una secuencia escrita con tinta invisible.
El destino no siempre se anuncia con grandilocuencias. A veces entra de puntillas por la puerta de servicio.

Esperamos unos diez minutos. Diez minutos que no significaban nada… hasta que significaron todo.
Vi salir a dos hombres con uniforme de jardinería. Venían de la cafetería, charlando sin prisa. Mientras se encendían un cigarro, me acerqué, casi como se pregunta por una calle cualquiera.
—Hola, buenos días. Empezamos hoy las prácticas con los alumnos, ¿sabéis algo?

Uno de ellos respondió con una ocurrencia que me hizo gracia. Fue espontáneo, natural. Como quien no mide lo que dice porque sabe que no hay peligro.

Recuerdo haber sonreído. No por la frase en sí, sino por la naturalidad con la que fue dicha. Esa manera de hablar sin guiones, como si nada pesara, como si todo fuera sencillo.

Y fue solo eso. Una frase. Un momento mínimo.
Uno de tantos que caben en un día corriente.

Pero hay frases que se clavan sin pedir permiso.
Hay frases que, sin saberlo, abren una puerta que nunca volverás a cerrar.

Hoy lo sé: el destino se escondió en esa escena sin pretensiones.
En una frase sin importancia.
En una mirada que no buscaba nada… y sin embargo, encontró algo.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios

Crea tu propia página web con Webador